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Uruguay El aborto en el Parlamento: Por una ética de la responsabilidad
 
 

El aborto en el Parlamento:
                                           
Por una ética de la responsabilidad


Rafael Sanseviero (*)

"La cuestión del aborto tiene la característica de un campo minado en el que un susurro promueve un estruendo, en el que divergencias filosóficas, biológicas, éticas, políticas, religiosas y culturales constituyen verdadero diferendos", (...) , "contrariamente a lo que sucede con los litigios, son conflictos sin solución permanente, son discusiones que no llegan a un consenso definitivo porque sus argumentos no consiguen traducirse a un lenguaje racional universal." Danielle Ardillón: "O lugar do Intimo na Ciudadanía de Corpo Inteiro". Estudos Feministas N° 377 Febrero/97 (Las negritas y la traducción del portugués son mías RS)

En las últimas semanas, y a través de alguna grieta en el muro de urgencias que nos enerva, se han colado episodios arrancados a la memoria colectiva de los uruguayos. Bienvenidos sean; al fin y al cabo testimonian que somos algo más, y no sólo este amasijo de angustias y mistificaciones con que nos alimentamos, íntima y públicamente, cada día. Una de esas historias de nosotros mismos es la tragedia de los Andes; planeó fugazmente por los espacios noticiosos dejando en el aire su mística y sus misterios. Mientras pienso en el próximo debate parlamentario acerca del aborto, algo de esa historia no se aparta de mi.

Negación 1. La transgresión silenciada

Digo la tragedia de los Andes evocando la sensibilidad de la época en que se produjo. El rescate de los sobrevivientes develó otras dimensiones de aquel acontecimiento que en su momento conmovió a la sociedad uruguaya pero que, como dice el Ministro de Educación y Cultura, Antonio Mercader: "... en Uruguay seguimos mirando su peripecia (la de los sobrevivientes de los Andes) con recelo, prejuicios e indiferencia. Sobre todo indiferencia." Yo diría, con una indiferencia que mal encubre el recelo.

No es la solidaridad, el espíritu de sacrificio y el sentido de comunidad que el testimonio de los sobrevivientes reveló lo que despierta recelo, sino la transgresión. Sino el que enfrentados a una circunstancia que no eligieron, hayan practicado la antropofagia para vivir hasta ser rescatados. Eso hace enmudecer, silenciar, no preguntar ni pensar... En una reciente entrevista José Luis Inciarte lo dijo así: "En nuestro país nos han tratado con un respeto de vecindario: Uruguay es chico y nos conocemos todos... yo conozco a todo el país y conozco a mucha gente en este país, y nunca me han preguntado: te hacen una preguntita y nada más, pensando que no nos gusta hablar. (...) Contamos cómo habíamos sobrevivido en la conferencia de prensa del 28 de diciembre, cuando llegamos. (...) les contamos a los uruguayos y a través de ellos a todo el mundo qué había pasado, de qué forma terrible habíamos tenido que sobrevivir. Después de que Pancho Delgado hizo esa declaración, Uruguay no volvió a preguntar."

Uruguay no pregunta; Uruguay no sabe. Uruguay no opina. Una lectura benevolente de las palabras de Inciarte hablaría de una extrema delicadeza para con quiénes mucho han sufrido. Otra posibilidad, a la que otorgo más consistencia, es creer que se trata de una dificultad, profundamente arraigada en nuestra conducta colectiva, para asumir públicamente los aspectos más conflictivos y contradictorios de nuestras experiencias vitales: aquellas dimensiones de nosotros mismos que nos interpelan y cuestionan lo que está inscripto en el imaginario colectivo como lo correcto.

Negación 2. La transgresión condenada y tolerada.

En Uruguay, regularmente, mueren mujeres como resultado de abortos provocados en condiciones de riesgo. El aborto es, seguramente, una de las intervenciones médicas más recurrida para una ancha franja de la población femenina. Toda mujer en edad fértil y sexualmente activa puede enfrentarse muchas veces a lo largo de su vida con un embarazo que no planificó y que no puede, por diferentes motivos, proseguir. Esto es así; ese y no otro es el motivo por el cuál se producen decenas de miles de abortos por año. Abortos que constituyen siempre una situación de violencia para las protagonistas, y que en algunos casos concluye con su muerte.

Arrastrar esta realidad durante décadas, en un país donde los problemas de la salud pública y las libertades han ocupado un lugar sustantivo, sólo es posible mediante una consolidada negación colectiva del complejo hecho social que reducimos con la simple palabra aborto. Negación que nos involucra a todos y, por eso, asume formas complejas y contradictorias.

En lo privado, la negación parte de los protagonistas: las mujeres y los practicantes de abortos. El silencio en que transcurre el aborto como suceso de la vida privada se funda en los estigmas culturales que lo enmarcan, en primer lugar su criminalización. Hasta aquí, todo simple y comprensible.

El debate público se instala siempre en un cuadro de posturas polarizadas, por las múltiples significaciones que el aborto adquiere para los diferentes actores individuales y colectivos. Sin embargo hay dos ejes que predominan: la criminalización del hecho y la irresponsabilidad social por las circunstancias personales que enfrenta una mujer ante un embarazo no planificado. Irresponsabilidad no sólo por la suerte de la mujer, sino que compromete la perspectiva vital de una nueva persona que, eventualmente, nacería en un contexto que no puede contenerla. Sobre la vulnerabilidad, más vulnerabilidad.

No está de más dejar constancia de la transformación que opera el discurso público sobre el aborto, en el significado de la maternidad: un accidente biológico (un embarazo no planificado no es más que eso) se transforma en una fatalidad que impone la obligación de una nueva vida con todas sus implicancias. Esto resulta radicalmente contradictorio con los enunciados que, siempre desde voces autorizadas, dicen de la maternidad como un bien. Un bien impuesto es un mal; en lo personal y en lo colectivo. Un hijo sólo es tal si es el fruto de un acto de amor y de la libre determinación de sus padres. Lo otro es simplemente reproducción humana; perpetuación de la especie a como de lugar. En definitiva, imponer mediante la violencia cultural la transformación de cualquier embarazo en una maternidad obligatoria, no es menos brutal que restringir compulsivamente el número de hijos que pueden tener las personas.

Ahora bien, si tomados por separado, el discurso público y el discurso privado sobre el aborto pueden presentar una relativa y superficial coherencia interna, en la intersección de ambos, las mujeres quedan instaladas un sistema de contradicciones sin salida. Y es en ese conflicto donde se teje la tragedia de miles de uruguayas. La significación personal que tiene para la mujer la im/posibilidad de proseguir un embarazo, se intoxican por el peso de un discurso público estigmatizador que inunda con sus contenidos el ámbito personal. Así, la decisión de no continuar un embarazo se convierte, siempre, en una experiencia de extrema violencia. Que a veces concluye en la muerte; pero aún sin llegar a este extremo, se trata siempre de un proceso en el cual, la decisión que adopte, estará inscripta en un contexto agresivo y desvalorizador.

No puedo ingresar aquí, por falta de espacio, al análisis de las formas que esta violencia asume, pero llamo la atención sobre la violencia simbólica que representa para las mujeres, tener que asumir, además de los obvios riesgos físicos y legales, la carga de significados que torrencialmente le otorgan al aborto, los discursos de muchos voceros de las corrientes de pensamiento que, por muy diferentes motivos, rechazan su realización.

Voces impersonales: tercera persona indeterminada.

El aborto se enuncia siempre desde la voz impersonal de en una tercera persona indeterminada. Acontece. Se hizo. Nadie lo solicitó; nadie lo realizó; nadie acompañó a nadie; nadie pagó por él; nadie recomendó una clínica, una técnica ni un yuyo; nadie sabe nunca quién, cómo, cuándo ni por qué... Nadie encubrió ni coimeó un practicante de abortos; nadie solucionó una complicación; nadie se hizo el distraído cuando una mujer en la consulta le dijo que no quería ese embarazo; nadie pensó en las consecuencias para lo/as jóvenes de una vida pública crecientemente erotizada; nadie relacionó la exigencia de no tener hijos para conservar un empleo con el aborto... El aborto existe en el espacio de las abstracciones indefinidas y anónimas.

Y como en el discurso público sobre el aborto no hay espacio para lo fáctico, para las circunstancias concretas de la mujer concreta, así enunciado, constituye una forma de negación al mismo tiempo sutil, perversa y radical. Veamos dos ejemplos:

1) Ha transcurrido casi un año desde el momento en que los equipos médicos del Centro Hospitalario Pereira Rossell dieron el alerta acerca del aumento vertical de las muertes registradas por ese motivo. Tres anotaciones al respecto: a) Los propios médicos reconocieron, oportunamente, que su reacción se debió al aumento de las muertes ocurridas por ese motivo en dicho Centro Hospitalario; la suya fue una respuesta a un problema epidemiológico. Sin embargo, los abortos se practicaron antes, durante y después que el alerta se disipó. Ninguno de los participantes en las Iniciativas Médicas contra el Aborto Realizado en Condiciones de Riesgo (a quienes mucho aprecio) lo ignoraba, dado que el aborto forma parte, de muchas maneras, de su vida profesional. Sin embargo recién cuando las consecuencias de determinados tipos de abortos (los que se practican las mujeres más vulnerables) cuestionaron los indicadores de muerte materna en su institución, encontraron una motivación legitimante para actuar. b) No obstante el impacto inicial a nivel de la opinión pública (o sea, de los medios de comunicación) la información sobre sucesivas muertes por ese motivo, ocurridas durante el 2002 pasaron a formar parte de la normalidad noticiosa; incluyendo el terrible caso de una adolescente, solitaria madre de un bebé de seis meses, quién ante la sospecha de un nuevo embarazo (que no era) se introdujo un veneno veterinario en la vagina y murió. c) Aún no hay una respuesta ministerial sobre la iniciativa sanitaria presentada por la Facultad de Medicina, el Sindicato Médico del Uruguay y la Sociedad de Ginecotocología del Uruguay, para prevenir las muertes maternas por aborto realizado en condiciones de riesgo. ¿Muchos abortos, más muertes? Y bueno....

2) La Iglesia Católica se siente llamada a intervenir con todos los medios que dispone (que no son pocos), cada vez que un debate acerca del aborto roza la estabilidad del estatus legal y cultural vigente, como lo demuestra la intensa movilización de públicos anatemas y ominosos susurros que en las últimas semanas asedia pública y privadamente a la Cámara de Diputados. Resulta especialmente contradictorio que esa institución, cuya voz se levanta con reciedumbre en defensa de los más desposeídos, con los que tiene un evidente compromiso, no incluya entre sus preocupaciones las muertes maternas por abortos riesgosos. Ni tampoco proporcione opciones válidas para prevenir a sus mujeres de la necesidad de recurrir al aborto. Sólo mortificación moral y penitencia. Como si esto fuera poco, pone todo su empeño para que aquello que estipula como obligación para sus fieles, permanezca en la Ley como estigma criminal para todas las uruguayas. No pudiendo impedir que las mujeres recurran al aborto se limita a garantizar, con su prédica, que el mismo ocurra en las peores condiciones emocionales y sanitarias.

Estos dos ejemplos condensan un modo de estar de los uruguayos frente al conflicto.

El aborto es, al mismo tiempo, condenado y tolerado. Lo cuál convierte a todo aborto, se realice en las condiciones que se realice, en una transgresión cuyas consecuencias recaen sobre las mujeres y sus entornos, aún cuando las causas que los motivan resulten de un complejo dispositivo sociocultural que a todos nos involucra.

La transgresión de los sobrevivientes de los Andes y la que protagonizan, en cualquier momento, miles de mujeres cada año, no son equiparables en sus contenidos. Es más, seguramente habrá quién las perciba como antagónicas en más de un sentido. En su momento, voces de la misma Iglesia que condena el aborto, hicieron referencia a la comunión ofrecida por el Dios de los cristianos a sus discípulos (tomen: esta es mi carne y esta es mi sangre) como fundamento trascendente de lo que sucedió en los Andes. Pero ambas arrojan luz sobre algo que me parece sustantivo al debate sobre el aborto. Se trata de situaciones donde las personas, confrontadas a decisiones situadas en los límites de la vida y la muerte traspasan las imposiciones de un tabú; y en esto sí son experiencias semejantes. Sólo que mientras en los Andes, en 1972, se trató de una experiencia acotada a un grupo de personas sometidas a una situación excepcional, para nuestras mujeres (todas ellas) se trata, puede ser, una emergencia en la que se vean envueltas cualquier día; muchas veces en la vida. En lo que no hay diferencias sustantivas entre una y otra, es en la negación colectiva de que es objeto en sus contenidos esenciales. Se trata de situaciones límites que se dilucidan en el ámbito de lo privado, pero cargadas de significados otorgados colectivamente, y sobre los que no emerge ninguna responsabilidad colectiva.

En primera persona: la ética de la responsabilidad.

He dedicado largo espacio al aborto como discurso y a los discursos sobre el aborto, entre otras razones más de fondo, porque cuando el Parlamento discuta la cuarta iniciativa que recibe en 17 años para modificar el estatus legal del aborto, se intercambiarán discursos. En todo caso, el sentido de esta nota quiere ser una convocatoria a revisar el lugar desde el que esos discursos sean enunciados. El proyecto de ley a discusión del Parlamento no es una reivindicación del aborto. Por el contrario, su articulado, sobre el que tengo una remota responsabilidad, resulta de una negociación, en el sentido democrático de este término, entre diferentes sensibilidades ante el problema: se mantiene el delito de aborto, salvaguardando de este modo la perspectiva de quienes lo rechazan; se establecen garantías sanitarias y legales para quiénes no lo rechazan y deciden recurrir a él. Esto es así y no hace falta demostrarlo. Basta leer el texto. Lo que falta, lo que ha faltado en todos los debates acerca del aborto es una perspectiva ética que sitúe la responsabilidad personal e institucional por la suerte y los derechos de todas las personas por encima, tanto de las abstracciones como de las convicciones personales. Es verdad que las mujeres uruguayas no han encontrado un espacio, en medio del denso dispositivo cultural que rodea la práctica del aborto, para hacer sentir su necesidad de cambios. La presión social y el miedo inhiben a la mujer que aborta de expresarse públicamente. Pero este silencio de las protagonistas no puede seguir constituyendo la coartada para la omisión institucional. Es necesario que empecemos a hacernos responsables de lo que sabemos y de lo que hacemos (saber y no hacer, es una forma radical de hacer). Y todos sabemos lo que sucede; y más aún sabemos lo que hacemos. Ahora es tiempo y oportunidad que el debate sobre el aborto recoja la experiencia real de la vida de las mujeres y los hombres de este país. Es verdad que muchas mujeres no han pasado ni pasarán nunca por la experiencia del aborto, pues sus convicciones así se los dicta. Este proyecto de ley no las afecta ni mucho ni poco, en tanto no roza siquiera sus opciones personales. Muchos hombres hemos acompañado mujeres a abortar: a nuestras parejas o, cuando embarazadas y solas, a familiares o amigas. También hemos recomendado clínicas cuando se nos ha requerido. Yo lo he hecho; y si lo creo necesario lo volveré a hacer. Seguramente muchos hombres no lo han hecho ni lo harán nunca. Pero en este tema no se trata de confrontar experiencias masculinas, porque al igual que aquellas mujeres que están convencidas que nunca abortarán, no es a nosotros a quienes afecta la criminalización del aborto. Pero de hecho, los poderes públicos están compuestos mayoritariamente por hombres. De ahí la tremenda responsabilidad que tienen, de legislar en una materia que de ninguna manera los afectará en forma directa. Se trata de, por encima de las convicciones personales, recoger y privilegiar la experiencia de quiénes sí son gravemente afectadas por el actual estatuto legal del aborto. Por ellas, por las protagonistas de ese drama, que es el aborto clandestino, que son (pueden ser cualquier día) las mujeres con las que compartimos la vida: en la familia, en el trabajo, en la calle; en las frustraciones y las esperanzas de cada día. Entre 1934 y 1938 Uruguay fue un lugar menos hostil para ellas. Ahora puede volver a serlo.

(*) Ex-Diputado del Frente Amplio, Investigador y Coordinador del Centro de investigaciones de la Universidad para la Paz de Naciones Unidas.

 

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